Whitley Apurinã, joven del pueblo Apurinã/Pupykary, llamó a fortalecer la articulación entre los pueblos indígenas y a garantizar su participación en las decisiones que afectan a la Amazonía.
“La Amazonía es un solo territorio”. Con esta convicción, Whitley Apurinã, joven del pueblo Apurinã/Pupykary, participante del XII Foro Social Panamazónico (FOSPA), resume uno de los principales desafíos que atraviesan los pueblos indígenas de la región: las fronteras políticas y las legislaciones nacionales continúan fragmentando territorios, pueblos y formas ancestrales de relación con la vida.
Gerente de proyectos de la Organización de los Pueblos Indígenas Apurinã y Jamamadi de Boca do Acre (OPIAJBAM) y secretario del Consejo Fiscal del Instituto Pupykary, Whitley participó por primera vez en el FOSPA, realizado en Puyo, Ecuador, del 16 al 21 de agosto de 2026. Desde este espacio de encuentro entre pueblos, organizaciones sociales, comunidades afrodescendientes, campesinos, iglesias y otros actores de la Panamazonía, compartió con la comunicación de la Conferencia Eclesial de la Amazonía (CEAMA) sus aprendizajes, preocupaciones y esperanzas frente al futuro de la región.
“Fue mi primera vez en el FOSPA”
Para Whitley, participar en el FOSPA significó entrar en contacto con una dinámica regional que hasta ahora conocía principalmente desde las experiencias de su territorio.
“Fue mi primera vez en el FOSPA, entonces es todo muy nuevo. Yo aprendí mucho, me gustó mucho”, señaló.
Uno de los espacios en los que participó estuvo relacionado con las comunidades indígenas y el derecho a la autodeterminación. Allí, representantes de los pueblos de los nueve países amazónicos pudieron expresar sus propuestas y contribuir a la construcción de un documento común.
Para el joven Apurinã, este proceso tiene un valor que va más allá del encuentro: aspira a que las propuestas construidas desde los territorios tengan reconocimiento y puedan traducirse en políticas públicas.
“Quiero que se torne un documento oficial, que tenga peso jurídico y que haga parte de las políticas públicas no solo aquí en Ecuador, sino de todos los nueve estados de la Amazonía”, afirmó.
Una Amazonía fragmentada por fronteras
Uno de los aspectos que más preocupa a Whitley es la división política de la Panamazonía. Las fronteras nacionales y administrativas, explica, no corresponden a las formas históricas de relación entre los pueblos indígenas.
“La Amazonía está dividida en nueve grandes países y, dentro de los países, ya está dividida en estados. Entonces, los Estados dividen a los pueblos indígenas”, expresó.
Antes de la existencia de las fronteras actuales, los pueblos mantenían relaciones, intercambios y vínculos territoriales que atravesaban los límites que hoy separan a los países.
“Nuestras naciones no tenían fronteras. Teníamos relaciones con otros pueblos, no teníamos limitaciones en nuestro territorio. Hoy tenemos esas limitaciones”, explicó.
A esta fragmentación territorial se suma, según su experiencia, una legislación que muchas veces desconoce las cosmovisiones y formas propias de vida de los pueblos indígenas.
“La legislación creada por el no indígena afecta directamente el modo de vida de las comunidades indígenas. Limita los espacios sagrados, limita la posibilidad de intercambio de experiencias y limita toda una cuestión de cosmovisión”, afirmó.
Por eso considera fundamental avanzar hacia un mayor reconocimiento de los pueblos indígenas como sujetos colectivos con capacidad de decisión sobre sus territorios y sus propios proyectos de vida.
Una Iglesia llamada a acompañar y tender puentes
Whitley también destacó el papel histórico de la Iglesia en el acompañamiento de los pueblos indígenas de la Amazonía.
“La Iglesia siempre tuvo un papel fundamental en esta dinámica social. La Iglesia Católica siempre estuvo cerca de nosotros; muchas veces era la única que prestaba ese servicio y hacía esa asesoría a los pueblos indígenas”, recordó.
Desde su experiencia en Brasil, mencionó especialmente el acompañamiento del Consejo Indigenista Misionero (CIMI), organismo vinculado a la Iglesia Católica que ha acompañado durante décadas las luchas de los pueblos indígenas por sus derechos.
“Nos ayudó mucho al comienzo, cuando todavía no teníamos parientes formados, en toda esta defensa de los derechos colectivos”, señaló.
En el actual contexto amazónico, considera que la Iglesia puede asumir un papel renovado como puente entre los pueblos y las instituciones públicas, especialmente por su capacidad de diálogo con diferentes sectores de la sociedad.
“Creo que la principal actividad de la Iglesia hoy es hacer esa intermediación entre las comunidades y el poder público”, afirmó.
Pero este acompañamiento, a su juicio, debe traducirse en acciones concretas: fortalecer los procesos de consulta, acompañar a los pueblos en sus diálogos con los gobiernos y contribuir a que sus voces sean escuchadas en los espacios nacionales e internacionales.
“Que la Iglesia pueda ayudarnos a hacer esos diálogos, crear esos protocolos de consulta, hacer que nuestra voz llegue a las autoridades públicas nacionales e internacionales”, pidió.
Para Whitley, el FOSPA ha dejado claro que los pueblos indígenas no quieren ser solamente destinatarios de las decisiones que se toman sobre la Amazonía.
“Queremos participar en las tomas de decisiones y también en la escritura de esas legislaciones”, afirmó.
Entre el miedo al futuro y la esperanza organizada
Al preguntarle cómo imagina la Amazonía dentro de diez años, Whitley no ocultó su preocupación.
“Tengo una perspectiva muy pesimista”, reconoció.
Su temor está relacionado con el avance de actividades económicas y políticas que considera amenazantes para los territorios indígenas: la expansión del agronegocio, las actividades petroleras, el avance de la frontera de deforestación y las actividades ilícitas ambientales.
“Yo veo que dentro de diez años, partiendo de la perspectiva de la experiencia que tengo hoy, no tenemos un futuro muy bueno para la Amazonía. Tengo mucho miedo de vivir ese futuro”, expresó.
Pero ese temor no significa renunciar a la esperanza. Para Whitley, una de las mayores fortalezas de los pueblos amazónicos está precisamente en su capacidad de organizarse y construir respuestas colectivas.
“Yo creo que partimos siempre de lo colectivo”, afirmó.
En los últimos años, observa un crecimiento de las organizaciones indígenas, mayores capacidades de gestión y nuevas oportunidades de financiación y formación. Aunque reconoce que estos procesos todavía enfrentan dificultades, considera que el fortalecimiento organizativo puede convertirse en una herramienta decisiva para la defensa de los territorios.
“Fortalecer nuestras asociaciones, fortalecer el diálogo entre asociaciones indígenas y fortalecer las redes”, propuso.
La articulación permite, además, que las amenazas que afectan a un territorio dejen de ser entendidas como problemas aislados.
“Cuando una tierra indígena está sufriendo una determinada acción, todas las tierras indígenas están sufriendo aquella acción”, explicó.
Por eso, considera que sentirse parte de una realidad común permite transformar las respuestas locales en una fuerza regional.
“Cuando nos sentimos parte de un todo, estamos caminando para hacer parte de un todo. Y eso es muy bueno, porque vamos a juntar fuerzas realmente para una sola causa”, sostuvo.
Una violencia que, según su experiencia, es sistemática
La preocupación de Whitley también tiene un rostro concreto: la violencia que viven las comunidades indígenas en sus territorios.
Aunque señaló que aún no había leído el informe sobre violencia contra los pueblos indígenas de Brasil presentado por el CIMI, relató situaciones que, desde su experiencia, evidencian el nivel de riesgo que enfrentan las comunidades.
En su territorio, afirmó, la violencia ha aumentado significativamente incluso después de la demarcación de la tierra indígena.
“Nosotros conseguimos demarcar nuestra tierra en enero de 2025. Pero cuando estamos pasando por la boca del igarapé hacia nuestra tierra, los no indígenas nos disparan y dicen que no podemos pasar por allí, que aquella es su tierra”, relató.
Para Whitley, estas situaciones no pueden entenderse simplemente como hechos aislados.
“Yo veo que el crecimiento de la violencia en los territorios es muy específico, es muy estratégico”, afirmó.
Desde su perspectiva, existe una cadena de acciones que comienza con la ocupación ilegal de tierras y puede avanzar hacia procesos de apropiación y concentración territorial.
“Los hacendados mandan primero a los acaparadores de tierras y después compran los territorios”, explicó, advirtiendo sobre la participación de distintos actores económicos y políticos.
A su juicio, esta violencia representa una amenaza no solamente para la integridad física de las comunidades, sino para la propia continuidad de los pueblos indígenas.
“Ese tipo de violencia que es sistematizada, que es planeada, es muy peligrosa en el escenario amazónico”, concluyó.
Construir la esperanza desde los territorios
La intervención de Whitley en el XII FOSPA deja una tensión que atraviesa hoy a muchos pueblos amazónicos: el miedo ante el avance de las amenazas ambientales, económicas y territoriales, y al mismo tiempo la esperanza que nace de la organización, la articulación y la capacidad de los pueblos para defender la vida.
Su mensaje apunta hacia una Amazonía en la que las fronteras políticas no impidan la cooperación entre los pueblos, en la que las decisiones sobre los territorios cuenten con la participación efectiva de sus habitantes y en la que las organizaciones indígenas puedan fortalecer sus capacidades para incidir en las políticas públicas.
En este camino, la Iglesia amazónica también está llamada a profundizar su presencia: no solamente acompañando a los pueblos, sino favoreciendo espacios de diálogo, incidencia, escucha y articulación que permitan que sus voces lleguen a los lugares donde se toman las decisiones.
Desde Puyo, la voz de este joven Apurinã recuerda que defender la Amazonía no consiste únicamente en proteger un espacio geográfico. Significa también defender pueblos, culturas, espiritualidades, territorios y formas diversas de comprender la vida.
Y, sobre todo, reconocer que, más allá de las fronteras que han dividido el mapa, la Amazonía sigue siendo una casa común y un territorio que los pueblos indígenas continúan defendiendo colectivamente.
