Recordar es mantener viva la memoria, renovar nuestros compromisos y no permitir que el tiempo nos haga olvidar aquello que estamos llamados a defender y transformar: la vida, la dignidad de los pueblos originarios y el cuidado de nuestra Casa Común. A siete años del Pacto de las Catacumbas por la Casa Común, firmado durante el Sínodo para la Amazonía en Roma, sus compromisos siguen siendo proféticos y urgentes.
El 20 de octubre de 2019, en el marco del Sínodo para la Amazonía, celebrado en Roma, alrededor de 200 personas, entre ellas obispos, participantes sinodales, misioneros, agentes pastorales, representantes de pueblos indígenas y otras organizaciones eclesiales y sociales, se reunieron en las Catacumbas de Santa Domitila para firmar el Pacto de las Catacumbas por la Casa Común, con sus 15 compromisos concretos para ser vividos a nivel personal y comunitario. A siete años de aquel acontecimiento, sus compromisos mantienen una profunda actualidad ante las amenazas que afectan a la Amazonía, sus pueblos y los territorios que sostienen la vida.
Inspirado en el Pacto de las Catacumbas firmado en 1965, durante el Concilio Vaticano II, este nuevo compromiso reafirmó la opción por una Iglesia pobre y servidora, cercana a los más vulnerables y comprometida con la defensa de la creación. La propuesta, impulsada en el contexto del pontificado del papa Francisco y de su llamado a escuchar el clamor de los pobres y de la tierra, asumió una identidad concreta: una Iglesia con rostro amazónico, pobre y servidora, profética y samaritana.
Sus compromisos mantienen viva la misión y el legado del papa Francisco, hoy retomados y alentados por el papa León XIV: “queridos hermanos, lo que la Iglesia desea: ser un signo de unidad en la diversidad y refugio seguro, que genera y protege la vida” (videomensaje a la VI Asamblea General de la CEAMA, el 17 de marzo de 2026).
Un compromiso profético para recordar, renovar y no olvidar
La celebración, presidida por el cardenal Cláudio Hummes, entonces presidente de la Red Eclesial Panamazónica (REPAM), estuvo marcada por la memoria de los mártires y profetas que entregaron su vida por la justicia, los pueblos y la defensa de la Casa Común. Gestos simbólicos, como el uso de objetos vinculados a testigos de la Iglesia comprometida con los pobres y las huellas dejadas por los participantes, expresaron la voluntad de renovar una misión que une la fe con la defensa de la vida.
Siete años después, el Pacto continúa interpelando a la Iglesia y a la sociedad. La presión sobre los territorios amazónicos, la violencia contra sus comunidades, la explotación de los bienes naturales y las amenazas a las culturas y espiritualidades de los pueblos originarios hacen aún más urgente renovar los compromisos asumidos. No se trata solamente de recordar un acontecimiento histórico, sino de discernir cómo traducir sus principios en decisiones, estilos de vida y acciones concretas.
En este aniversario, recuperar la memoria del Pacto es también una invitación a la oración, a la conversión personal y comunitaria y a la acción profética. Significa renovar la opción preferencial por los pobres, reconocer a los pueblos indígenas como protagonistas de su historia y fortalecer una ecología integral que cuide los bosques, los ríos, la diversidad cultural y todas las formas de vida.
A la luz de los desafíos actuales, el Pacto de las Catacumbas por la Casa Común sigue siendo una hoja de ruta para una Iglesia que escucha, acompaña y defiende la vida. Su fuerza no reside únicamente en las firmas de quienes lo suscribieron, sino en la capacidad de hacer realidad sus compromisos allí donde la dignidad humana y la creación están amenazadas.
Siete años después, la pregunta permanece abierta: ¿cómo renovar hoy nuestra alianza con los pueblos amazónicos y con la Casa Común?
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Conozca y lea aquí el Pacto de las Catacumbas por la Casa Común:
Por una Iglesia con rostro amazónico, pobre y servidora, profética y samaritana
Nosotros, los participantes del Sínodo Pan-Amazónico, compartimos la alegría de vivir entre numerosos pueblos indígenas, quilombolas, ribereños, migrantes, comunidades en la periferia de las ciudades de este inmenso territorio del Planeta. Con ellos hemos experimentado la fuerza del Evangelio que actúa en los pequeños. El encuentro con estos pueblos nos desafía y nos invita a una vida más simple de compartir y gratuidad. Influidos por la escucha de sus gritos y lágrimas, acogemos de corazón las palabras del Papa Francisco:
“Muchos hermanos y hermanas en la Amazonía cargan cruces pesadas y esperan el consuelo liberador del Evangelio, la caricia amorosa de la Iglesia. Por ellos, con ellos, caminemos juntos”.
Recordamos con gratitud a los obispos que, en las Catacumbas de Santa Domitila, al final del Concilio Vaticano II, firmaron el Pacto por una Iglesia servidora y pobre. Recordamos con reverencia a todos los mártires miembros de las comunidades eclesiales de base, de las pastorales y movimientos populares; líderes indígenas, misioneras y misioneros, laicos, sacerdotes y obispos, que derramaron su sangre debido a esta opción por los pobres, por defender la vida y luchar por la salvaguardia de nuestra Casa Común. Al agradecimiento por su heroísmo, unimos nuestra decisión de continuar su lucha con firmeza y valentía. Es un sentimiento de urgencia que se impone ante las agresiones que hoy devastan el territorio amazónico, amenazado por la violencia de un sistema económico depredador y consumista.
Ante la Santísima Trinidad, nuestras Iglesias particulares, las Iglesias de América Latina y el Caribe y de aquellas que son solidarias en África, Asia, Oceanía, Europa y el norte del continente americano, a los pies de los apóstoles Pedro y Pablo y de la multitud de mártires de Roma, América Latina y especialmente de nuestra Amazonía, en profunda comunión con el sucesor de Pedro, invocamos al Espíritu Santo y nos comprometemos personal y comunitariamente a lo siguiente:
Asumir, ante la extrema amenaza del calentamiento global y el agotamiento de los recursos naturales, un compromiso de defender en nuestros territorios y con nuestras actitudes la selva amazónica en pie. De ella provienen las dádivas del agua para gran parte del territorio sudamericano, la contribución al ciclo del carbono y la regulación del clima global, una incalculable biodiversidad y una rica socio diversidad para la humanidad y la Tierra entera.
- Reconocer que no somos dueños de la madre tierra, sino sus hijos e hijas, formados del polvo de la tierra (Gen 2, 7-8), huéspedes y peregrinos (1 Ped 1, 17b y 1 Ped 2, 11), llamados a ser sus celosos cuidadores y cuidadores (Gen 1, 26). Por tanto, nos comprometemos a una ecología integral, en la cual todo está interconectado, el género humano y toda la creación porque todos los seres son hijas e hijos de la tierra y sobre ellos flota el Espíritu de Dios (Génesis 1: 2).
- Acoger y renovar cada día la alianza de Dios con todo lo creado: «Por mi parte, estableceré mi alianza contigo y tu descendencia, con todos los seres vivos que están contigo, aves, animales domésticos y salvajes, en resumen, con todas las bestias de la tierra que salieron del arca contigo” (Gén 9: 9-10; Gen 9: 12-17).
- Renovar en nuestras iglesias la opción preferencial por los pobres, especialmente por los pueblos originarios, y junto con ellos garantizar el derecho a ser protagonistas en la sociedad y en la Iglesia. Ayudarlos a preservar sus tierras, culturas, lenguas, historias, identidades y espiritualidades.
- Crecer en la conciencia de que deben ser respetados local y globalmente y, en consecuencia, alentar, por todos los medios a nuestro alcance, a ser acogidos en pie de igualdad en el concierto mundial de otros pueblos y culturas.
- Abandonar, como resultado, en nuestras parroquias, diócesis y grupos toda clase de mentalidad y postura colonialistas, acogiendo y valorando la diversidad cultural, étnica y lingüística en un diálogo respetuoso con todas las tradiciones espirituales.
- Denunciar todas las formas de violencia y agresión contra la autonomía y los derechos de los pueblos indígenas, su identidad, sus territorios y sus formas de vida.
- Anunciar la novedad liberadora del evangelio de Jesucristo, en la acogida al otro demás y al diferente, como sucedió con Pedro en la casa de Cornelio: “Usted bien sabe que está prohibido que un judío se relacione con un extranjero o que entre en su casa. Ahora, Dios me ha mostrado que no se debe decir que ningún hombre es profano o impuro” (Hechos 10, 28).
- Caminar ecuménicamente con otras comunidades cristianas en el anuncio inculturado y liberador del evangelio, y con otras religiones y personas de buena voluntad, en solidaridad con los pueblos originarios, los pobres y los pequeños, en defensa de sus derechos y en la preservación de la Casa. Común
- Establecer en nuestras iglesias particulares una forma de vida sinodal, donde los representantes de los pueblos originarios, misioneros, laicos, en razón de su bautismo y en comunión con sus pastores, tengan voz y voto en las asambleas diocesanas, en los consejos pastorales y parroquiales, en resumen, en todo lo que les cabe en el gobierno de las comunidades.
- Comprometernos en el reconocimiento urgente de los ministerios eclesiales ya existentes en las comunidades, llevados a cabo por agentes pastorales, catequistas indígenas, ministras y ministros de la Palabra, valorando especialmente su atención a los más vulnerables y excluidos.
- Hacer efectivo en las comunidades que nos han confiado el paso de una pastoral de visita a una pastoral de presencia, asegurando que el derecho a la Mesa de la Palabra y la Mesa de la Eucaristía se haga efectivo en todas las comunidades.
- Reconocer los servicios y la real diaconía de la gran cantidad de mujeres que dirigen comunidades en la Amazonía hoy y buscar consolidarlas con un ministerio apropiado de mujeres líderes de comunidad.
- Buscar nuevos caminos de acción pastoral en las ciudades donde actuamos, con el protagonismo de laicos y jóvenes, con atención a sus periferias y migrantes, trabajadores y desempleados, los estudiantes, educadores, investigadores y al mundo de la cultura y de la comunicación.
- Asumir frente a la avalancha del consumismo con un estilo de vida alegremente sobrio, sencillo y solidario con aquellos que tienen poco o nada; reducir la producción de residuos y el uso de plásticos, favorecer la producción y comercialización de productos agroecológicos y utilizar el transporte público siempre que sea posible.
- Ponernos al lado de los que son perseguidos por el servicio profético de denuncia y reparación de injusticias, de defensa de la tierra y de los derechos de los pequeños, de acogida y apoyo a los migrantes y refugiados. Cultivar amistades verdaderas con los pobres, visitar a los más simples y enfermos, ejerciendo el ministerio de la escucha, del consuelo y del apoyo que traen aliento y renuevan la esperanza.
Conscientes de nuestras debilidades, nuestra pobreza y pequeñez frente a desafíos tan grandes y graves, nos encomendamos a la oración de la Iglesia. Que nuestras comunidades eclesiales, sobre todo, nos ayuden con su intercesión, afecto en el Señor y, cuando sea necesario, con la caridad de la corrección fraterna.
Acogemos de corazón abierto la invitación del cardenal Hummes a ser guiados por el Espíritu Santo en estos días del Sínodo y en nuestro regreso a nuestras iglesias:
“Déjense envolver en el manto de la Madre de Dios y Reina de la Amazonía. No dejemos que nos venza la auto-referencialidad, sino la misericordia ante el grito de los pobres y de la tierra. Se requerirá mucha oración, meditación y discernimiento, así como una práctica concreta de comunión eclesial y espíritu sinodal. Este sínodo es como una mesa que Dios ha preparado para sus pobres y nos pide a nosotros que seamos los que sirven la mesa».
Celebramos esta Eucaristía del Pacto como «un acto de amor cósmico». “¡Sí, cósmico! Porque incluso cuando se lleva a cabo en el pequeño altar de una iglesia de aldea, la Eucaristía siempre se celebra, en cierto modo, en el altar del mundo». La Eucaristía une el cielo y la tierra, abraza y penetra toda la creación. El mundo salido de las manos de Dios regresa a Él en feliz y plena adoración: en el Pan Eucarístico «la creación tiende a la divinización, a las santas nupcias, a la unificación con el mismo Creador». «Por esta razón, la Eucaristía es también fuente de luz y motivación para nuestras preocupaciones por el medio ambiente, y nos lleva a ser guardianes de toda la creación».
Catacumbas de Santa Domitila, Roma, 20 de octubre de 2019
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* P. Julio Caldeira es misionero de la Consolata en la Amazonía colombiana. Vicepresidente de la Red Eclesial Panamazónica (REPAM), es autor de los libros “Avancen para aguas más profundas” e “Iglesia con rostro amazónico” por la Editorial CELAM en 2025.