Al cumplirse 21 años del martirio de la hermana Dorothy Stang, la Iglesia en la Amazonía hace memoria agradecida de una vida entregada hasta las últimas consecuencias por el Evangelio, la justicia y la defensa de la creación.
El 12 de febrero de 2005, en Anapu (PA), la violencia intentó silenciar una voz profética comprometida con los campesinos, los más vulnerables y la protección de la selva amazónica. Sin embargo, su asesinato no apagó su mensaje: lo multiplicó. La sangre derramada se convirtió en semilla de esperanza y de compromiso para miles de personas que continúan defendiendo la vida en el territorio.
Dorothy Stang vivió con claridad que el Reino de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad que se construye en la práctica de la justicia, la misericordia y el amor incondicional por toda la creación. Su fe no fue intimista ni distante; fue una fe encarnada, que asumió riesgos y tomó partido por los pobres y por la tierra.
Una espiritualidad que se hizo compromiso
La hermana Dorothy comprendió que anunciar a Jesucristo en la Amazonía implicaba defender a las comunidades amenazadas por la violencia, el acaparamiento de tierras y la devastación ambiental. Su opción por un modelo de desarrollo sostenible y solidario la colocó en el centro de tensiones profundas, pero nunca renunció a su misión.
Su testimonio anticipa y encarna lo que años más tarde el Papa Francisco reafirmaría en Laudato Si’ y en Querida Amazonía: que no hay verdadera fe sin compromiso con la justicia socioambiental, y que el clamor de la tierra y el clamor de los pobres son un mismo clamor.
Martirio y esperanza en clave amazónica
En el camino sinodal que vive la Iglesia en la Amazonía, el testimonio de Dorothy Stang sigue siendo un faro. Ella representa a tantos defensores y defensoras del territorio que han dado su vida por proteger la Amazonía y a sus pueblos.
Su martirio interpela a la Iglesia a no replegarse, a no callar frente a las injusticias y a continuar acompañando a las comunidades campesinas e indígenas en la defensa de sus derechos, su cultura y sus medios de vida.
Hoy, 21 años después, su voz resuena más fuerte en la Amazonía. Resuena en quienes trabajan por una economía que respete la dignidad humana; en quienes promueven modelos de desarrollo sustentable; en quienes anuncian el Evangelio desde la cercanía y la solidaridad con los más vulnerables.
Una memoria que se convierte en misión
Recordar a Dorothy Stang es renovar el compromiso con una Iglesia que camina junto a los pueblos amazónicos, que defiende la vida amenazada y que cree que el Reino de Dios comienza aquí y ahora, en la justicia, la paz y el cuidado de la casa común.
Que su memoria nos impulse a seguir construyendo una Amazonía donde prevalezca la dignidad, donde la selva sea respetada y donde los más pobres encuentren esperanza.
Su vida fue semilla. Su voz sigue viva. Y su lucha continúa en cada comunidad que se levanta en nombre de la justicia y de la vida en la Amazonía.