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Ríos de fe y esperanza en la Amazonía de Surinam – Monseñor Karel Choennie

Entre cantos, desafíos y caminos de agua, la misión se hace presencia viva en las comunidades de Ligorio y Semoisie, en Surinam.

En el corazón profundo del Amazonas, donde los ríos son caminos y la selva abraza la vida cotidiana, la Iglesia continúa tejiendo su misión con sencillez, cercanía y esperanza. Del 26 de febrero al 3 de marzo, Karel Choennie, obispo de Paramaribo (Surinam), realizó una visita pastoral a las comunidades de Ligorio y Semoisie, acompañado por el Padre Kenneth Vigelandzoon y catequistas locales.

El viaje, realizado por el río Surinam, no fue solo un desplazamiento geográfico, sino una experiencia espiritual. Guiados por la pericia de Godfried Adjako, catequista y barquero, el recorrido se convirtió en una metáfora viva de la misión: confiar, dejarse llevar y aprender del territorio. En medio de la inmensidad del río y la selva, la Iglesia se reconoce peregrina, sencilla, cercana a la vida de los pueblos.

Ligorio: un pueblo marcado por la fe

Ligorio, un pueblo con una historia profundamente marcada por la fe, recibió a la comitiva con cantos, música y alegría. Allí, donde hace más de un siglo los propios habitantes emprendieron un largo viaje para invitar a la misión, la fe sigue siendo motivo de identidad y orgullo. La celebración del Sacramento de la Confirmación fue un momento central: niños y jóvenes, acompañados por su comunidad, vivieron con intensidad un sacramento que no solo fortalece su vida cristiana, sino también su pertenencia cultural.

Un signo esperanzador fue la creciente inculturación de la liturgia. Lejos de expresiones externas ajenas, la celebración comenzó a reflejar los ritmos, lenguajes y símbolos propios del pueblo. Aunque aún queda camino por recorrer, especialmente en el uso pleno de la lengua saramaka, estos pasos muestran una Iglesia que aprende a hablar desde el corazón de las culturas.

Sin embargo, la visita también dejó ver los desafíos. La migración hacia la ciudad debilita el tejido comunitario, fragmenta la vida familiar y afecta el desarrollo de las aldeas. La educación, muchas veces distante de la realidad del territorio, no logra integrar los saberes del bosque, la agricultura o la medicina tradicional. Mientras los niños memorizan contenidos ajenos, corren el riesgo de perder el conocimiento ancestral que sostiene la vida en la selva.

Semoisie: una comunidad viva de esperanza 

En Semoisie, el panorama es distinto, más austero, pero igualmente revelador. Allí, las dificultades se hacen más visibles: la erosión amenaza viviendas y estructuras comunitarias; las inundaciones han dejado huellas profundas; y la falta de condiciones básicas, como un cementerio propio, incide incluso en la vivencia de la fe y los sacramentos.

Aun así, la vida se abre paso. La comunidad, aunque pequeña, mantiene viva la esperanza. La participación de los maestros en las celebraciones, el canto que resuena en medio de la selva y el esfuerzo cotidiano por sostener la escuela son signos de una fe encarnada y resistente.

La visita pastoral también puso en evidencia aspectos concretos que impactan la vida diaria: el acceso limitado a la electricidad, los sistemas de agua que requieren mantenimiento, y las posibilidades —aún poco aprovechadas— de la conectividad digital. Paradójicamente, incluso en estos territorios remotos, la señal de telefonía móvil llega con fuerza, abriendo nuevas oportunidades para la evangelización, la formación y la comunicación.

Desafíos para la misión de la Iglesia en Surinam

En este contexto, la misión no puede reducirse a visitas ocasionales. Requiere presencia constante, acompañamiento cercano y una apuesta decidida por el desarrollo integral: educación contextualizada, cuidado del territorio, fortalecimiento de la mujer, sostenibilidad y defensa de las culturas.

La experiencia compartida por el obispo de Paramaribo resuena profundamente con el camino impulsado por la Conferencia Eclesial de la Amazonía (CEAMA): una Iglesia que escucha, que camina con los pueblos y que reconoce en ellos no sólo destinatarios, sino protagonistas de la misión.

En los ríos del Amazonas, la Iglesia aprende que evangelizar es también dejarse evangelizar. Que la fe no se impone, sino que se encarna. Y que, incluso en medio de las dificultades, la vida sigue brotando con fuerza.

Allí, donde el río sigue su curso, también la misión continúa.

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