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Misión sinodal en el corazón del Orinoco: fe que se hace acción en la Amazonía venezolana – Jesús Cordero

Impulsados por la fuerza de la Palabra —“la fe se muestra en la acción” (cf. St 2,26)—, más de 60 misioneros vivieron una intensa experiencia de Semana Santa en comunidades indígenas aisladas del Amazonas venezolano, en una misión promovida por los Salesianos y el Vicariato Apostólico de Puerto Ayacucho, con el acompañamiento de las Hermanas Carmelitas de Madre Candelaria.

Desde distintas ciudades como Los Teques, Coro, Barquisimeto, Caracas y Bejuma, los misioneros emprendieron un largo camino hacia Puerto Ayacucho. Desde allí, iniciaron una travesía fluvial que los llevó, tras horas de navegación por el río Orinoco y sus afluentes, hasta comunidades de los pueblos Jivi, Piaroa, Wuotuja, Curipaco, San Pedro, entre otros.

Jesús Alexander Cordero Villamizar, misionero venezolano, describe la experiencia como un encuentro profundo con otra realidad:

“Es impactante. No tienen luz eléctrica; comparten paneles solares para cargar sus celulares y el acceso a internet es limitado. Pero lo que más conmueve es su capacidad de vivir en comunidad, en medio de tantas carencias”.

La misión, que se extendió del 28 de marzo al 5 de abril, estuvo marcada por la cercanía, la escucha y la inculturación del Evangelio. La celebración de la fe se abrió paso entre las barreras del idioma y las distancias culturales, haciendo visible una Iglesia que camina con rostro amazónico.

Uno de los momentos más significativos fue la realización de un viacrucis con niños de la comunidad Jivi, preparado en pocas horas, donde la creatividad y la mediación lingüística permitieron anunciar el misterio pascual:

“Fue un desafío, porque muchos no entienden el castellano, pero con la ayuda de un traductor en su lengua logramos compartir el mensaje”, relata Cordero.

La experiencia también reveló profundas brechas en el acceso a derechos básicos:

“Había niños que nunca habían sido vistos por un médico desde su nacimiento”, señala, evidenciando la urgencia de una presencia integral de la Iglesia en estos territorios.

Sin embargo, más allá de las dificultades, el misionero destaca la riqueza espiritual y comunitaria de los pueblos indígenas:

“Estas comunidades son un ejemplo del amor de Dios. Nos enseñan a vivir en unidad, a compartir, a reconocer la presencia de Dios en lo cotidiano”.

La misión se desarrolló en clave sinodal, donde los pueblos originarios no son destinatarios pasivos, sino verdaderos protagonistas: lideran la catequesis, celebran la Palabra y transmiten la fe desde su propia cosmovisión. En palabras del propio misionero:

“No se trata de una Iglesia que solo visita, sino de una Iglesia que permanece, que escucha y reconoce que Dios ya estaba en la Amazonía antes de nuestra llegada”.

Este camino también enfrenta grandes desafíos: las distancias geográficas, la amenaza del extractivismo, la fragilidad de los servicios básicos y la necesidad de fortalecer el protagonismo laical. Pero, al mismo tiempo, brotan signos de esperanza: jóvenes indígenas comprometidos con sus comunidades, redes eclesiales que articulan esfuerzos y una profunda resiliencia cultural que mantiene vivas las lenguas y tradiciones ancestrales.

La Amazonía, desde esta experiencia concreta, lanza un llamado urgente al mundo:

“Todo está conectado. Lo que le pase a la selva, le pasará al planeta. Estamos llamados a una conversión ecológica que nos lleve a cuidar la vida en todas sus formas”.

Esta misión, vivida en el silencio del río y la profundidad de la selva, es un testimonio vivo de una Iglesia en salida, encarnada, que aprende, acompaña y se deja transformar. Una Iglesia sinodal que, en medio de la Amazonía, sigue anunciando con hechos que la fe, cuando es auténtica, siempre se convierte en acción.

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