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Memoria , Fe y Justicia: La Pascua de Vicente Cañas en la tierra indígena Enawenê Nawê – P. Renan Dantas

La historia de uno de los mayores símbolos de la misión entre los pueblos indígenas de Brasil tuvo un desenlace concreto después de casi 40 años: el entierro de los restos mortales de Vicente Cañas (Kiwxi) en el territorio Enawenê Nawê, donde vivió, luchó y fue asesinado.

Entre el 6 y el 9 de abril de 2026, una misión compuesta por representantes del Consejo Indigenista Misionero (CIMI), de la Operación Amazonía Nativa (OPAN), de la Compañía de Jesús, de la Diócesis de Juína y del Instituto Federal de Mato Grosso – Campus Juína, junto con sus familiares españoles e indígenas de la etnia Enawenê Nawê, estuvo en la Tierra Indígena al noroeste de Mato Grosso.

El objetivo de la visita fue celebrar la Pascua de Vicente Cañas (Kiwxi) y llevar a cabo el entierro de su cráneo en el territorio donde vivió, dio testimonio de su fe y entregó su propia vida.

El Pueblo Enawenê Nawê

Habitantes de la región del río Juruena, los Enawenê Nawê son reconocidos por su sólida organización comunitaria y por una cultura profundamente estructurada en torno a los ritos. Su subsistencia se centra en la pesca colectiva, actividad que trasciende el ámbito alimentario y adquiere una dimensión espiritual.

Sus rituales, especialmente vinculados al ciclo de las aguas, organizan la vida social y expresan una cosmovisión en la que el mundo visible y el invisible se entrelazan. Fue en este universo donde Kiwxi se insertó de manera radical, convirtiéndose en parte del pueblo.

La misión comenzó con la salida del equipo de la curia de la Diócesis de Juína hacia la Tierra Indígena Enawenê Nawê, ubicada en el noroeste de Mato Grosso. El acceso principal se realiza por la BR-174, desde Juína, recorriendo más de 150 kilómetros de caminos de tierra. Situada en la cuenca de los ríos Juruena e Iquê, el área abarca partes del municipio de Juína y regiones adyacentes, configurándose como un territorio de gran relevancia ambiental, cultural y espiritual.

Tras aproximadamente más de tres horas de viaje por caminos de tierra, el grupo llegó al territorio del pueblo Enawenê Nawê, donde fue recibido en un ambiente marcado por la riqueza cultural y la profunda conexión con la naturaleza.

El primer día se dedicó a la acogida del pueblo indígena Enawenê Nawê. En un clima de profundo respeto y escucha mutua, los misioneros y participantes tuvieron la oportunidad de acercarse a la realidad local, escuchar atentamente a los líderes, comprender sus anhelos y compartir momentos significativos de la vida comunitaria, sumergiéndose en la riqueza cultural y espiritual del pueblo.

También hubo participación en ritos tradicionales, que expresan la espiritualidad del pueblo y su relación con el territorio, con la naturaleza y con el mundo espiritual. Estos momentos fueron fundamentales para situar la misión no solo como un evento puntual, sino como parte de un camino de convivencia, escucha y respeto construido a lo largo de los años.

Durante ese primer momento, también se presentó a los indígenas el significado de la misión: un gesto importante para la Iglesia, para las organizaciones misioneras y, sobre todo, para el propio pueblo Enawenê Nawê. Se explicó el sentido del entierro de la calota craneal de Vicente Cañas (Kiwxi) como un paso dentro de un camino más amplio —una señal de memoria, de búsqueda de justicia y de reafirmación de los vínculos— que no cierra la historia, sino que la mantiene viva y en continuidad.

Una vida que se convirtió en Misión 

Nacido en España, Vicente Cañas ingresó en la Compañía de Jesús siendo aún joven y llegó a Brasil en la década de 1970. En 1974, participó en el primer contacto con el pueblo Enawenê Nawê, junto a Tomás Lisboa.

A partir de ese encuentro, su vida tomó un rumbo definitivo. Vicente optó por un camino de profunda inculturación: aprendió la lengua, asumió el modo de vida del pueblo y pasó a compartir íntegramente su vida cotidiana. Fue el pueblo Myky quien le dio el nombre de Kiwxi —«el que se entrega por completo»—. Su primer contacto con este pueblo tuvo lugar junto a Tomás Lisboa, una experiencia que marcó profundamente su misión. Para los Enawenê Nawê, Vicente es reconocido como alguien que forma parte del mundo espiritual y cósmico del pueblo, manteniendo viva su presencia en la memoria y la espiritualidad de la comunidad.

El segundo día de la misión estuvo marcado por uno de los momentos más significativos: la visita al lugar del martirio de Vicente Cañas.

El equipo realizó un viaje de aproximadamente seis horas en barco por los ríos de la región. El trayecto, largo y silencioso, se vivió como un tiempo de introspección y preparación para lo que se encontraría al final del camino. Al llegar al lugar donde Vicente vivió sus últimos días —una zona que servía como punto de parada antes del regreso a la aldea, como medida de protección sanitaria—, todos se sintieron invadidos por un profundo sentimiento de reverencia. Allí, donde su vida fue interrumpida, se vivió un momento intenso de espiritualidad, memoria y escucha.

Se compartieron relatos, recuerdos y experiencias de quienes conocieron de cerca esa realidad. El lugar dejó de ser solo un punto geográfico para convertirse en un espacio de memoria viva, cargado de significado histórico y espiritual.

Fue en ese lugar donde se llevó a cabo el gesto central de la misión. Se enterraron las pertenencias de Vicente —su maletín, el rosario, su cuchillo y sus documentos— junto con la calota craneal, que durante décadas permaneció separada.

 Los Enawenê Nawê llevaron a cabo sus rituales de despedida según su tradición, integrando ese momento a su propia forma de comprender la vida, la muerte y la continuidad espiritual, en un gesto que reafirma la memoria y mantiene vivo el vínculo entre el pasado y el presente.

El momento estuvo impregnado de una intensa conmoción. El silencio, el llanto y los gestos de reverencia expresaron la profundidad de ese instante. Familiares, misioneros e indígenas compartieron una misma experiencia: la de estar ante un momento significativo de una historia que atraviesa generaciones, manteniendo viva su memoria y su sentido a lo largo del tiempo.

El obispo de la Diócesis de Juína, Monseñor Neri José Tondello, destacó la importancia del momento:

«Este es un momento histórico para nuestra Diócesis. Estamos cerrando una historia que permaneció abierta durante muchos años, pero también reafirmando el compromiso de la Iglesia con los pueblos indígenas».

La asesora jurídica del CIMI, la Dra. Caroline Hilgert, destacó el significado del entierro:

«Durante muchos años, el cráneo fue una prueba esencial del asesinato. Hoy, regresa a la tierra, permitiendo que esta historia se complete».

El padre jesuita, doctor en antropología y profesor de la Universidad Federal de Mato Grosso, P. Aloir Pacini, destacó:

«Este momento no es solo memoria. Sigue interpelándonos como Iglesia y como sociedad».

Durante la misión, el profesor doctorando Josemir Paiva Rocha, del IFMT – Campus Juína, destacó la relevancia del momento vivido y de la colaboración construida entre las instituciones:

«Estar aquí es una experiencia profundamente marcante, no solo desde el punto de vista académico, sino humano y espiritual. Vivir este momento junto al pueblo Enawenê Nawê nos permite comprender, de manera concreta, la riqueza de su cultura y la importancia de la preservación de sus territorios. Esta colaboración entre el IFMT y las instituciones misioneras fortalece el diálogo entre el conocimiento científico y los saberes tradicionales, contribuyendo a una actuación más sensible, responsable y comprometida con la vida y con la Amazonía».

La voz de la familia: Memoria, afecto y presencia 

La presencia de los familiares venidos de España aportó a la misión una dimensión profundamente humana, revelando aspectos íntimos de la vida de Vicente. El testimonio de José Antonio Canñas Sánchez recuerda la sencillez del tío misionero:

«Las cartas eran pocas, pero muy esperadas. Estaban escritas a mano, en papel fino. No recuerdo la caligrafía, pero recuerdo la alegría de mi padre al recibirlas. Vicente era una persona feliz, y eso se percibía en su rostro y en su alma».

Él describe el encuentro personal en la infancia:

«Yo iba a buscarlo y caminábamos juntos. Él me contaba historias que me encantaban. Para un niño, eso era fascinante. Y lo tenía solo para mí en ese momento».

Otros recuerdos revelan a un hombre cercano y atento:

«Tenía tiempo para todos. Hablaba con mi abuela, con mi papá, con toda la familia. Era alguien profundamente presente».

Entre los relatos más impactantes, surge la conciencia que Vicente tenía de su misión:

«Recuerdo claramente cuando dijo que no volvería a España, que lo matarían por defender a los indígenas y sus tierras».

La familia también recuerda los registros que Vicente llevaba consigo:

«Nos mostraba imágenes, vídeos, grabaciones. Era la forma que encontraba para hacernos conocer a ese pueblo, su vida, sus ritos. Era como si nos llevara hasta allí».

Con el paso de los años, la comprensión de quién fue Vicente se profundizó:

«Después de su muerte, fuimos entendiendo mejor su historia. No solo vivió entre los indígenas, sino que se convirtió en uno de ellos. Fue adoptado, asumió su cultura, su vida.»

El testimonio adquiere además una dimensión espiritual: «Hoy sentimos su presencia. Kiwxi está con nosotros. Nos protege, nos guía. Nunca dejó de estar presente.»

Otro elemento que marcó a la familia fue la percepción pública de su grandeza:

«Fue al ver un reportaje sobre monseñor Pedro Casaldáliga, en el que aparecía la imagen de Vicente, cuando comprendimos la dimensión de la persona que fue».

Para la Diócesis de Juína, se cierra una historia —y se reafirma un compromiso. Vicente Cañas – Kiwxi está en la tierra. Y su misión sigue viva.

«La sangre de los mártires es la semilla de los cristianos» (Tertuliano, Apologético, 50,13). Con esta frase de Tertuliano recordamos uno de los grandes dones de la Iglesia: el martirio.

Por: P. Renan Dantas – Diócesis de Juína – Brasil 

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