En el corazón de la Amazonía, donde el río Xingú dibuja su curva más majestuosa, la “Volta Grande” agoniza. Lo que antes era el criadero de vida para pueblos indígenas, ribereños y pescadores, hoy se asemeja a un desierto hídrico puntuado por pedregales expuestos. Seis meses después de la COP30 en Belém, los focos se apagaron, pero el “ecocidio planificado” sigue desangrando el cauce del río, revelando el abismo entre los discursos de preservación y la realidad de quienes viven a orillas de la mayor herida abierta de la Amazonía.
Hablar sobre el Xingú es, para Monseñor João Muniz Alves, obispo de la Diócesis de Xingú, una “alegría singular” que ahora se tiñe de luto. Él describe el río como un espectáculo de aguas esmeraldas que sirve como vivero y camino natural para los pueblos; no sólo como un afluente, sino como un organismo vivo. Sin embargo, diez años después de Belo Monte, ese camino está bloqueado. “Este río sirve como criadero para tantas especies de peces y como el camino natural para varios pueblos. Con su agua color esmeralda, es un espectáculo de belleza”, afirma el obispo.
Diez años después de la instalación de la hidroeléctrica de Belo Monte, el desvío del 80% de las aguas hacia las turbinas transformó la abundancia en escasez. Monseñor João recuerda la promesa incumplida. “Belo Monte prometió que la Volta Grande no se vería afectada, pero sabemos que sí lo fue. Actualmente, la región se está secando. Aquel lugar hermoso, aquel vivero, ahora se ha convertido en un lugar que tiene de todo, menos la vida que era tradición de aquella región”.
La urgencia de este escenario es confirmada por el Monitoreo Territorial Independiente de la Volta Grande del Xingú (MTI-VGX); la alianza entre científicos y comunidades documenta un escenario de pesadilla biológica: peces con deformidades óseas y periodos de desove (piracemas) enteros extinguidos. Para Monseñor João, el diagnóstico es claro y doloroso. “La postal del Estado de Pará está muriendo por falta de una política de protección a la vida. Es lo que llamamos ecocidio”, denuncia el obispo.
Pero el impacto va más allá de la biología; llega al alma y a la libertad de las comunidades. José Cleanton Ribeiro, de la Coordinación Colegiada del Consejo Indigenista Misionero (CIMI) del Regional Norte 2, advierte que los daños socioambientales y culturales no han cesado, sino que se han convertido en una forma de control. “La autonomía de los pueblos fue drásticamente afectada. Las comunidades viven una dependencia profunda de empresas subsidiarias de Norte Energia, que implementan acciones meramente asistencialistas”, revela Cleanton.
Para pueblos como los Arara (Arara de la Volta Grande), los Juruna (Paquiçamba) y los Xikrin (Trincheira Bacajá), la sequía del río es la muerte de su propia identidad. “Ellos se identifican como hijos del agua. El Río es su madre. Con la sequía, pierden esa relación mística”, puntualiza el coordinador del CIMI. El río Bacajá, afluente vital, hoy agoniza con menos del 10% de su caudal original, imposibilitando el tránsito y la pesca que son la base de la supervivencia de estos pueblos.
Esta “cultura de muerte” es sentida en carne propia por el pescador artesanal, cuya identidad está ligada al ritmo de las crecientes y bajantes. Sueli Martins Miranda, coordinadora del Consejo Pastoral de los Pescadores (CPP) Regional Norte 2, define el escenario actual como una agresión brutal. “Cuando el río se convierte en un pedregal, no es solo el agua la que cambia de camino; cambia también la vida. Al pescador le queda la incertidumbre, el silencio de las canoas paradas, las redes vacías y la lucha por seguir existiendo”, se desahoga.
Para Sueli, lo que ocurre en la Volta Grande y en el Pedregal de Lourenção es una violencia directa contra la supervivencia de las comunidades. “Mantener la cabeza en alto ante la escasez es reconocer la dignidad y la sabiduría tradicional. El CPP trabaja para que la esperanza deje de ser discurso y se transforme en un camino de supervivencia, fortaleciendo la salud emocional y espiritual de las personas ante las pérdidas”, explica la coordinadora.
Si Belo Monte dejó un rastro de ineficiencia y dependencia tutelada, la amenaza de la minera canadiense Belo Sun surge como un desafío aún más complejo. Cleanton denuncia que la minera ha repetido la estrategia de Norte Energía: la captación y cooptación de líderes indígenas para forzar el apoyo de las comunidades al proyecto de extracción de oro. “Ese es nuestro gran desafío, actuar en la concientización e información sobre los impactos reales de este emprendimiento, apoyando al movimiento indígena que ya se articula en defensa de la región”, afirma.
Esta problemática cobra matices aún más dramáticos ante la inminencia de la minera; el proyecto de extracción de oro prevé el uso de cianuro a solo 1,5 km del Xingú, representando la reiteración de la codicia que ignora la alerta de los obispos en la “Carta de la Amazonía” entregada en la COP30: “Dejen de invertir en la muerte”. Monseñor João refuerza la profecía de los obispos al pedir el fin de las “zonas de sacrificio”. Para la Iglesia, la codicia tecnocrática que desvió el río para generar energía ahora busca cooptar voces para envenenarlo con cianuro, negando el derecho de las futuras generaciones al territorio sagrado.
En este escenario de “cultura de muerte”, el papel de la Diócesis del Xingú es lo que mantiene viva la llama de la resistencia. José Cleanton es enfático al reconocer que el soporte de la Diócesis es lo que permite la continuidad del trabajo del CIMI en Altamira. “Si no fuera por el apoyo que nos da la Diócesis, desde las acciones contra Belo Monte hasta hoy, tal vez el equipo ni siquiera existiría ya en la región. La Diócesis ha sido ese apoyo fuerte, exigiendo el cumplimiento de las condiciones y acompañando a las comunidades”, reconoce.
La crisis ambiental ya se ha convertido en una emergencia humanitaria. A través del CIMI y del CPP, la Iglesia acompaña a familias que hoy sufren lo impensable en una región rodeada por ríos. “Pedimos medidas a las autoridades, sobre todo para con aquellas personas que allí viven y pasan necesidad. Ahora falta agua potable, falta alimento, porque ellos obtenían su sustento del río”, lamenta Monseñor João.
La evangelización en el Xingú, por lo tanto, se hace “carne” en la lucha por el territorio. Es un acto de resistencia contra lo que el obispo clasifica como una “cultura de muerte sembrada en la región”. Según él, la misión de la Iglesia es clara: “nosotros rezamos y estamos con la gente. Queremos hacer nuestra parte a través de denuncias y medios que nos ayuden a crear políticas en favor de la vida, de la vida de los ríos, de las personas y de nuestra región”.
Si el Xingú muere, la profecía de la Iglesia se convertirá en una sentencia de culpabilidad para la humanidad. Como advirtieron el CIMI y la Diócesis, aún hay tiempo para la conversión ecológica, antes de que el oro, el concreto y la dependencia silencien definitivamente el grito del Río-Madre.
Por Vivian Marler / Asesora de Comunicación CNBB Regional Norte 2



