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Elecciones, Amazonía y el Alma Herida de América Latina: cuando la muerte de los pobres deja de escandalizar – Marcelo Lemos

La Amazonía entra en un tiempo decisivo. No solamente por sus crisis ambientales, económicas o políticas, sino porque en ella se expresa una pregunta mucho más profunda sobre el tipo de humanidad que queremos construir.  Las elecciones que vivirán Colombia el 31 de mayo, Perú el 7 de junio y Brasil el 4 de octubre de 2026, convocan mucho más que una alternancia de gobiernos. Convocan a los pueblos a preguntarse qué tipo de convivencia, qué modelo de sociedad y qué valor damos hoy a la vida humana y no humana. 

Existe una narrativa dominante que intenta reducir todo a polos opuestos. Derecha o izquierda. Un partido u otro. Amar o odiar. Defender o destruir. Esa lógica binaria empobrece profundamente nuestras sociedades. Nos acostumbra a vivir reaccionando emocionalmente, sin procesos más hondos de discernimiento. Poco a poco dejamos de pensar comunitariamente y pasamos a existir apenas desde inclinaciones individuales: “yo quiero así”, “no me gusta este”, “odio aquel partido”, “este modelo me representa”, “este otro me amenaza”. Y mientras tanto, los grandes poderes continúan organizando el mundo.

El problema no es solamente político. Es espiritual, cultural y humano. Porque cuando una sociedad pierde la capacidad de reconocerse como sujeto colectivo de su propia historia, se vuelve más vulnerable a toda forma de manipulación narrativa. Los grandes sistemas de comunicación, los poderes económicos, las plataformas digitales y las estructuras históricas de privilegio saben muy bien cómo producir miedo, rechazo y polarización. Saben cómo mantener a los pueblos cansados, divididos y emocionalmente capturados. 

Pero existe también otra narrativa. Más silenciosa. Más difícil. Más lenta. Una narrativa que integra, que busca dignidad y derechos para todos, y no solamente para algunos. Una narrativa que reconoce que ninguna sociedad se sostiene sobre el descarte permanente de los pobres, de los pueblos indígenas, de las mujeres, de los jóvenes, de los territorios y de la naturaleza. Allí es donde las comunidades eclesiales necesitan estar.

Ese giro de mentalidad tiene un costo enorme. Exige humildad personal, comunitaria e institucional. Exige reconocer que nadie se salva solo y que ninguna democracia puede sobrevivir únicamente administrando resentimientos sociales. Exige abandonar ciertas comodidades ideológicas y aceptar que la convivencia humana siempre será compleja, conflictiva y profundamente relacional. 

Por eso, el pensamiento de Silvia Rivera Cusicanqui ayuda a comprender que América Latina nunca fue una realidad homogénea ni reconciliada. Vivimos entre tensiones, heridas coloniales y mundos superpuestos. Y justamente por eso, simplificar nuestros países en narrativas electorales binarias termina ocultando las raíces históricas de la desigualdad, del racismo y de la exclusión.

En diálogo con Catherine Walsh, comprendemos también que la transformación verdadera no ocurre solamente mediante leyes o gobiernos. Ocurre cuando las personas vuelven a reconocerse como sujetos históricos capaces de producir comunidad, memoria, justicia y futuro. Las elecciones son importantes, sí. Son expresión legítima de la soberanía democrática. Pero una democracia sin pueblo consciente, sin tejido comunitario y sin horizonte ético puede transformarse fácilmente en apenas una administración elegante de desigualdades.

La Amazonía revela crudamente estas contradicciones. Allí los pobres quieren vivir hoy. Quieren trabajo hoy. Quieren comida, seguridad y dignidad hoy. Y muchas veces los únicos proyectos concretos que llegan a sus territorios son economías extractivas, violencias ilegales o modelos de desarrollo que destruyen lentamente las condiciones de vida futura. Los Estados aparecen debilitados, mientras grandes intereses económicos y geopolíticos disputan territorios, minerales, agua, biodiversidad y rutas estratégicas. 

Entonces emerge una pregunta dura: ¿quién decide hoy quién puede vivir y quién puede morir? Porque los poderes contemporáneos no siempre matan directamente. Muchas veces dejan morir. Abandonan. Descartan. Invisibilizan. Naturalizan el sufrimiento. Y tal vez uno de los signos más trágicos de nuestro tiempo sea precisamente este: la muerte de los pobres dejó de escandalizar suficientemente al mundo. 

Qué revés de la vida este, donde tantos mueren no porque quieran morir, sino porque existen poderes que consideran normal que los pobres sean sacrificables. 

Por eso las elecciones de 2026 necesitan ser leídas también desde una dimensión ética y espiritual. No para que la Iglesia se convierta en partido político, sino para que las comunidades eclesiales ayuden a sostener conciencia crítica, humanidad compartida y esperanza histórica. La misión eclesial no es alimentar polarizaciones, sino recordar constantemente que toda política pierde legitimidad cuando deja de cuidar la vida.

Tal vez cuando llegue el final de 2026 podamos volver a este texto y comprender mejor qué rutas decidió reforzar nuestro continente. Si elegimos profundizar modelos que producen descarte y sacrificio, o si comenzamos lentamente a construir proyectos capaces de generar dignidad compartida. 

Porque resistir no significa solamente oponerse. Resistir es también negarse a aceptar que la muerte de los pobres sea considerada normal. Resistir es defender la posibilidad de que nuestros pueblos todavía puedan volver a imaginar un futuro donde la vida de todas las personas humanas y no humanas valga más que cualquier proyecto de poder.


Por: Marcelo Lemos, Secretario Ejecutivo de la Conferencia Ecleisal de la Amazonia (CEAMA). Doctorando en Desarrollo, Sociedad y Cooperación Internacional por la Universidad de Brasilia y en Sociologia e Antropologia por la Universidad Complutense de Madrid.

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