En el marco de la VI Asamblea General de la CEAMA, el Cardenal Jaime Spengler, presidente del CELAM, ofreció una profunda reflexión espiritual centrada en el amor como fundamento de la vida y de la misión de la Iglesia.
El amor que da origen a todo
Partiendo de la afirmación “¡El Padre ama al Hijo!”, el Cardenal invitó a contemplar el misterio de Dios como fuente inagotable de amor. “Cuanto más nos adentramos en el misterio del Padre que es amor, más descubrimos nuevos mares, ríos, horizontes, posibilidades”, expresó, subrayando que este amor es dinámico, expansivo y generador de vida.
En este sentido, recordó que la relación entre el Padre y el Hijo constituye la base de la existencia humana, afirmando con claridad: “el amor es la base de la existencia humana”.
Redescubrir nuestro rostro en Dios
En su reflexión, destacó que es en Jesucristo donde el ser humano encuentra su verdadero lugar y su identidad más profunda. “Jesús nos devuelve nuestro rostro oculto, que es el mismo de Dios”, afirmó, señalando que es la relación de amor la que hace posible la vida plena.
Este llamado implica acoger, amar y seguir a Jesús como maestro y Señor, permitiendo que transforme la vida y la oriente hacia el bien, la comunión y la fraternidad.
Una vida que se hace misión
El Cardenal Spengler insistió en que la vida cristiana es participación en la vida misma de Dios: una vida que es gracia, don y compromiso. Por ello, recordó que los discípulos están llamados “a amar, cuidar, sanar, promover, testimoniar y anunciar”.
Se trata de una vida concreta, encarnada, que se expresa en el servicio a los demás, especialmente en contextos marcados por múltiples crisis, como los que vive hoy la Amazonía y el mundo.
Profetas de la vida en tiempos de crisis
Ante los desafíos actuales, el llamado es claro: ser profetas de la vida. Esto implica, según explicó, estar profundamente implicados en la realidad, en la vida de la comunidad y en los dramas del tiempo presente.
“El profeta es una persona del presente”, señaló, alguien que comunica la palabra de Dios en contextos concretos, manteniendo viva la fidelidad a su revelación en la historia.
Una Iglesia que sale de sí misma
Finalmente, invitó a pedir la gracia de salir de esquemas estrechos para vivir como verdaderos discípulos y siervos de la vida, abiertos a la voluntad de Dios.
“Que en todo hagamos no nuestra voluntad, sino la voluntad de nuestro Maestro y Señor”, concluyó, recordando que Cristo es “el amor encarnado del Padre”.
Esta reflexión se convierte en una luz para el caminar de la Iglesia en la Amazonía: una invitación a volver al amor como origen, camino y horizonte de toda misión.