El Cardenal Leonardo Steiner invita a contemplar la tumba vacía no como ausencia, sino como un camino interior que dispone el corazón para el encuentro con el Resucitado.
En el marco de la celebración de la Pascua, el Cardenal Leonardo Steiner, arzobispo de Manaos y presidente de la Conferencia Eclesial de la Amazonía (CEAMA), propone una profunda reflexión espiritual que parte del desconcierto inicial de María Magdalena ante el sepulcro vacío.
El relato evangélico presenta una escena cargada de humanidad: la piedra removida, el sepulcro abierto y la ausencia del cuerpo del Señor. María Magdalena, sobrecogida, no se acerca siquiera a verificar, sino que corre en busca de Pedro y Juan. En este gesto, el cardenal Steiner reconoce una experiencia profundamente humana: ante el dolor y la pérdida, el corazón busca refugio, consuelo y comunidad.
Pedro y el discípulo amado llegan al sepulcro. Ven las vendas, los signos, los restos de una presencia que ya no está. Sin embargo, no comprenden aún. La tumba vacía no revela de inmediato la Resurrección; más bien confronta con el vacío, con la ausencia, con el silencio.
Para el presidente de la CEAMA, este vacío no es estéril. Al contrario, es un espacio fecundo que abre un camino: el camino de la fe. No se trata de certezas evidentes ni de seguridades tangibles, sino de una experiencia interior que se gesta en medio de la aparente ausencia.
“El vacío de la tumba —sugiere Steiner— vacía también el alma de falsas seguridades, de conceptos rígidos, de apariencias engañosas, preparando el corazón para el encuentro verdadero con el Resucitado”.
Inspirado en la tradición mística, particularmente en el pensamiento del Maestro Eckhart, el cardenal subraya que un alma libre, despojada y abierta, es capaz de reconocer la presencia del Amor más allá de los signos visibles. Así, la piedra removida no solo abre el sepulcro, sino también el interior del creyente.
Esta lectura pascual resuena con fuerza en la realidad amazónica y en los procesos eclesiales que acompaña la CEAMA: comunidades que, en medio de desafíos, incertidumbres y heridas, son llamadas a caminar desde la fe, incluso cuando las respuestas no son inmediatas.
La tumba vacía, entonces, no es el final del relato, sino su umbral. Es preparación, disposición, apertura. Solo desde ese vacío puede emerger el anuncio que transforma la historia: la vida ha vencido a la muerte.
Finalmente, el mensaje culmina con la proclamación que da sentido a toda esperanza cristiana: “¡Ha resucitado! Busquen al Viviente entre los vivos”.
Una invitación a reconocer que, incluso en los silencios más profundos, Dios sigue actuando y llamando a la vida nueva.